TORRIJOS EN LA RED

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lunes, 30 de enero de 2012

LA IGLESIA ABANDONADA

LA IGLESIA ABANDONADA

Una bandada de cejas se reunieron días pasados  para acusar al tribunal Supremo de fascista. Sí, sí, fascista. Voces de muerte sonaron... Voces, alaridos, insultos. Lo protagonizaron los de siempre, los que quieren imponer por la fuerza sus opiniones, los fascistas, los Nazional-Socialistas que quieren gobernar y hacer justicia con el griterío, la violencia, las cejas y pancartas. Los que quieren dinero, dinero, dinero para patrocinar sus bodrios, sus músicas insufribles y sus cines llenos de aburrimiento.
POLÍTICOS, SINDICALISTAS Y ARTISTAS SE MANIFIESTAN EN APOYO DE GARZÓN. EFE
La bandada de grajos lanzaba egagrópilas, como hacen las rapaces cuando vomitan los desperdicios que les sobran. Así hizo esta bandada de depredadores. En Barcelona no asistió nadie a la manifestación, tal vez porque son más inteligentes que los de Madrid.
Un asistente leyó al final de la manifestación en la plaza de Canalejas un poema de García Lorca que dejó boquiabiertos de entusiasmo a los asistentes ya que no entendieron nada de lo que decía, ni el simbolismo, ni el mensaje, ni a quien se refería. Nada. No entendieron nada. Les pongo el "magnífico poema" de Lorca para que juzguen si es para extasiarse. Si pueden me lo dicen.

LA IGLESIA ABANDONADA
(BALADA DE LA GRAN GUERRA)
Yo tenía un hijo que se llamaba Juan.
Yo tenía un hijo.
Se perdió por los arcos un viernes de todos los muertos.
Le vi jugar en las últimas escaleras de la misa
y echaba un cubito de hojalata en el corazón del sacerdote.
He golpeado los ataúdes. ¡Mi hijo! ¡Mi hijo! ¡Mi hijo!
Saqué una pata de gallina por detrás de la luna y luego
comprendí que mi niña era un pez
por donde se alejan las carretas.
Yo tenía una niña.
Yo tenía un pez muerto bajo la ceniza de los incensarios.
Yo tenía un mar. ¿De qué? ¡Dios mío! ¡Un mar!
Subí a tocar las campanas, pero las frutas tenían gusanos.
y las cerillas apagadas
se comían los trigos de la primavera.
Yo vi la transparente cigüeña de alcohol
mondar las negras cabezas de los soldados agonizantes
y vi las cabañas de goma
donde giraban las copas llenas de lágrimas.
En las anémonas del ofertorio te encontraré, ¡corazón mío!,
cuando el sacerdote levanta la mula y el buey con sus fuertes brazos,
para espantar los sapos nocturnos que rondan los helados paisajes del cáliz.
Yo tenía un hijo que era un gigante,
pero los muertos son más fuertes y saben devorar pedazos de cielo.
Si mi niño hubiera sido un oso,
yo no temería el sigilo de los caimanes,
ni hubiese visto el mar amarrado a los árboles
para ser fornicado y herido por cl tropel de los regimientos.
¡Si mi niño hubiera sido un oso!
Me envolveré sobre esta lona dura para no sentir el frío de los musgos.
Sé muy bien que me darán una manga o la corbata;
pero en el centro de la misa yo romperé el timón y entonces
vendrá a la piedra la locura de pingüinos y gaviotas
que harán decir a los que duermen y a los que cantan por las esquinas:
él tenía un hijo.
¡Un hijo! ¡Un hijo! ¡Un hijo
que no era más que suyo, porque era su hijo!
¡Su hijo! ¡Su hijo! ¡Su hijo!